Era el partido definitorio, la final del mundo, o mucho más que
eso. Se ponía en juego la pelota blanca que tanto queríamos. Esa que tanto
habíamos pateado hasta el cansancio en la calle de casa hasta que se hacía de
noche. Esa con la que tanto nos habíamos divertido. La que tantas veces tuvimos
que reparar. Mi hermano pateó al arco un tiro débil. Antes de que llegara a las
manos del arquero, la pelota rebotó en una piedrita que había en la cancha, se
desvió y entró en el arco. Era una piedrita rara, no era gris como todas las
demás; era marrón. Y cuando la pelota le pegó, salió volando en la dirección
contraria. Ganamos el partido. Empezaron los insultos de parte de los que
perdieron. Y contestamos. Uno de ellos agarró la piedrita y me la tiró. Yo me quedé
quieto. Si tengo que ser específico, tardó más de dos minutos en el aire antes
de que llegara a pegarme en la cara. La veía viniendo hacia mí, girando
lentamente sobre su eje, y no sabía qué hacer, estaba como paralizado. Cuando
finalmente llegó a mi cabeza, un montón de tierra se metió en mis ojos, y no
pude ver nada. Lo único que sentí fue un pequeño golpecito en mi frente,
seguido de un agarrón en mi brazo mientras mi hermano me decía: “¡Corré, que
nos matan!”.
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