Cuentan los viejos que, hace muchos años, existió un animal, una bestia, que supo domar el destino de los hombres. Wañuchej, que así lo llamaron, hizo que los niños de ese entonces no conocieran el monte espinoso; que los perros dejaran de ladrar a lo conocido y desconocido; que las mujeres temieran confiar en su sueño en las noches serenas; que los hombres cargaran su Winchester al hombro el día entero. Había sido muy pocas veces avistado. Las señoras, niños o viejos que apenas alcanzaban a verlo, le atribuían características cuasi divinas. El silencioso caminar agazapado, la pelambre dorada y oscura a la vez, los ojos de un viejo sabio y de un joven cazador, los enormes dientes de marfil protectores de una lengua paciente y sedienta, la cola movediza y astuta como una yarará amenazada. Fue, según dicen, el que determinó la vida, la muerte, la crianza y la incertidumbre de la época. Entre los pueblos del noroeste argentino de la última década del siglo diecinueve, Wañuchej pasó a...