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Mostrando las entradas con la etiqueta vivencias

los que suben por el medio

Me gusta pensar que hay pequeñas cosas que pasan de tal forma y en determinado momento para que solo nosotros podamos verlas. Cosas como una hoja haciendo equilibrio en una moldura de un edificio, un nene saludando a toda la gente de un tren, o un perro tratando de alcanzar una paloma en el Congreso. Cosas que nos hacen pensar en otras cosas más, o nos sacan una sonrisa, por más que quedemos como unos pelotudos sonriéndole a la nada. Viajar en colectivo durante más de cuarenta minutos significa que podés leer unas cuantas páginas del libro que venís leyendo, o escuchar de diez a quince canciones. Cuando tenés el libro, no te queda más para hacer que concentrarte en eso. Pero si solo te acompañan tus auriculares, hay más caminos: vas cantando sin que te importen las miradas de los demás, vas escuchando la música colgado en cualquier delirio que se te cruce, o vas boludeando con el celular. Yo estaba pensando en todo esto, lamentándome por no haber traído mi libro, cuando sien...

la vida moderna sin Roco

Siempre fuiste lo que nunca quise que me faltara: el incondicional. Vos me hiciste entender el verdadero significado de esa famosa frase que dice que el mejor amigo del hombre es el perro. Llovía, y estabas ahí. Me salía todo para la mierda, y estabas ahí. Te sacaba cagando, y estabas ahí. Puta, más que un perro, eras una mezcla de animales. Fuiste un oso de chiquito, cuando tus patas eran del tamaño de tu enorme cabeza y te la pasabas durmiendo debajo del sillón del living, debajo de la cama, debajo de todo. Hasta bostezabas como oso, manteniendo la bocaza abierta tanto tiempo como podías. León fuiste toda tu vida. Pero no cualquier león; eras de esos majestuosos, con la melena gigante y llena de luz, de esos que dejan a todos sin aliento y con la boca abierta, pero no de miedo, abierta de admiración. Sentado en una esquina mirándome yo ya sabía que eras el rey. No te hacía falta que rugieras. No te hacía falta ninguna batalla. Un Mufasa, pero de verdad. Cuando querías poner un...

memorias de un piji

Esta no es una historia que inventé yo, sino que se inventó sola, mientras un piji revoloteaba dentro de auto gris. Lo único que estoy haciendo aquí es escribirla. Muchos años antes que esta tarde, allá por diciembre del dos mil tres, entré a la habitación de mi madre. Tenía diez años. Ella estaba en su cama, con los ojos todavía húmedos, abrazada a uno de mis hermanos. Hacía una semana que su madre, mi abuela, había fallecido. Trataba siempre de llorar en silencio, en su cuarto, para no entristecernos, para que seamos menos infelices, quiero creer. En ese momento hablaba con mi hermano de algo que no no escuché. Ahora, supongo que ella le estaba contando anécdotas de Carmita, su madre, porque le hablaba con una voz suave y lenta, en un susurro envolvente, mirándolo tiernamente a los ojos desde arriba mientras le acariciaba los rulos. Lo miraba a él, y la miraba a ella. Mi hermano tenía la vista puesta en la pared, o en otro lugar, en los lugares que mi madre le relataba, y la boca...

un indiecito más

Como en los cuentos, o en las películas. Tres barquitos, o barcotes, surcando improvisados la cornisa del -hasta ese entonces- mundo. Miles de kilómetros, miles de millones de litros de agua salada que esconden misterios aún hoy desconocidos. Instantáneas olas capaces de derrocar al más fuerte castillo. Tres cruces rojas flotando por la nada azulada, bajando y subiendo colinas movedizas, capaces de desaparecer en un segundo. Tormentas y remolinos abatidos por maderas ancestrales. Monstruos desalmados con piel de café, pelos oscuros, y paraísos escandalosamente derrochados y mal administrados. Una batalla por la ciencia, por la religión. Por la vida. Quinientos veintiún años antes que los festejos, antes que las demandas, antes que las protestas. Quinientos veintiún años antes que la tarde en que se detiene algún partido de fútbol por cantos xenófobos, que alguna chica se abraza a su amado en un parque, o que miles de niños son alentados a disfrazarse de un hombre valiente con sombre...

encuentro mocoso

Hay mucho silencio. Es un silencio expectante. Un silencio ansioso. Sabemos que aparecerán en cualquier momento. Como una defensa aguardando por un ataque que nos dejará exhaustos. Al otro lado del pasillo se siente un rumor. Las voces de los soldados crecen a medida que avanzan. Aparece uno, otro, y los demás. Pero no vienen corriendo a la carga, como todos esperábamos. Se acercan a pasos cortitos. No se nos abalanzan. De nuevo, el silencio cae de igual manera para ellos como para nosotros. Uno de ellos se acerca y, con los dedos ocupados en doblar o apretar algo extremadamente chiquito y la mirada en el piso, se posa al frente de uno de los nuestros. De repente, hizo algo que logró quebrar la distancia que nos separaba, y nos movió, como cuando a uno lo golpean o le soplan la cara inesperadamente, el alma. El abrazo fue rápido y certero. Logramos acceder a secretos confidencialísimos, sin siquiera recurrir a la fuerza física. Uno de los de ellos estaba resguardado bajo un edificio d...

de teclados y guitarras

A veces, esas cosas que nos quedan tintineando en la conciencia, necesitan ser expresadas, contadas, gritadas, escupidas. Escritas. Murmuradas. Son flashes de fragmentos de situaciones de algún algo que pasó alguna vez. Flashes que nos remontan a ese momento, que nos hacen recordar toda la escena, o no recordar nada de donde fue extraído. Simplemente, aparecen. Cuando menos lo esperás, se aparecen. Y, generalmente, no les prestamos atención. Pero estas cosas que transitan por allí, singifican otras cosas. Nos pueden hacer ver el sentido de esa acción, o de la situación de la que fue extirpada. Ahora, el que estaba sentado al teclado, movía sus manos enérgicamente, de aquí para allá, de arriba hacia abajo, con una de ellas con los dedos notablemente separados, y la otra con los dedos más juntitos, y después cambiaban de posición, y volvían a bailar de un lugar al otro. Era su momento. En esto, el de la guitarra colgada al cuello y micrófono cerca de la boca, se vuelve hacia él. Y lo ...

la música en el marote

Suena el parche de un bombo, o quizás un tambor, no sé bien. BUM, bumbum BUM, bumbum BUM, bum, bum, bumbum BUM, bumbum BUM, bumbum BUN, bum, bum. Al ratito aparece un piano. Se sienten los deslices en las teclas, y me imagino que tal o cual sonido proviene desde más allá, o desde más acá, dependiendo si son plines o pluuumes. Son dos instrumentos, y pienso que uno puede prestarle atención perfectamente a los dos, esforzándose en seguir la melodía de los plines y pluuumes, y saltando rápidamente al BUM, bumbum BUM, cuando ellos hacen aparición. Así, voy corriendo de uno en otro, siguiendo las dos melodías en forma. Siento que logré descifrar algo muy importante, algo que debería escribirlo para poder recordarlo más adelante. Pero algo pasa. En determinados momentos, entre los bumes y los plines y los pluuumes, hay otro sonido. Uno que se asoma tímido, pero que podría tener la fuerza de mil gigantes. Un acordeón susurra algunas cosas, pero solo en momentos en los que yo pienso que no lo ...

este mundo extrañará por siempre

A las dos de la mañana seguíamos jugando. Mamá nos había pedido que nos acostáramos temprano, porque a la mañana teníamos que salir a no sé dónde. Estábamos en algún lugar de Colombia, hacía mucho frío y no teníamos sueño. ¿Querían que disfrutáramos las vacaciones, o no? Le veníamos haciendo trampa a mi hermana, como muchas otras veces. Y ella no se daba cuenta. Pero en un momento, cuando le quise robar una carta, me vio. Y fue distinto. No empezó a pegarnos y a gritar y tirar todo por el aire, cosa que hacía siempre que se enojaba. Nos miró a los tres, y una lágrima le rodó por su cachete izquierdo. Se levantó y se fue a su cama. Nos sentíamos muy culpables, y nos acercamos para tratar de animarla. Pero no cedía, y escondía la cara en la almohada. Parecía estar llorando, y ya no sabíamos qué hacer. “Ganaste vos, Valita”, la consintió Ignacio. “Bueno” le respondió, pero seguía igual. Metí mi mano por debajo de la almohada para apretarle la nariz y así hacer que saliera, pero mis dedo...

terrón de gloria

Era el partido definitorio, la final del mundo, o mucho más que eso. Se ponía en juego la pelota blanca que tanto queríamos. Esa que tanto habíamos pateado hasta el cansancio en la calle de casa hasta que se hacía de noche. Esa con la que tanto nos habíamos divertido. La que tantas veces tuvimos que reparar. Mi hermano pateó al arco un tiro débil. Antes de que llegara a las manos del arquero, la pelota rebotó en una piedrita que había en la cancha, se desvió y entró en el arco. Era una piedrita rara, no era gris como todas las demás; era marrón. Y cuando la pelota le pegó, salió volando en la dirección contraria. Ganamos el partido. Empezaron los insultos de parte de los que perdieron. Y contestamos. Uno de ellos agarró la piedrita y me la tiró. Yo me quedé quieto. Si tengo que ser específico, tardó más de dos minutos en el aire antes de que llegara a pegarme en la cara. La veía viniendo hacia mí, girando lentamente sobre su eje, y no sabía qué hacer, estaba como paralizado. Cuando fi...

tropezón de sensaciones

Un sudor frío que te envuelve por fuera, y un calor agobiante que te brota de adentro. No sabes qué sentir, ni qué hacer. Si tenes que salir a romper todo, si te tenes que quedar a llorar en tu casa, o si tenes que hacer de cuenta que nada pasó. Lo que le está pasando al Rojo me lleva inevitablemente a lo que nos pasó a nosotros. Recuerdo ese 26 de junio de 2011, esa fecha que no se va a olvidar. Creo que rendía un parcial al día siguiente, o al siguiente. Me levanté un rato antes de que comenzara el partido -comenzaba a las 15:00 horas- para cocinarme unos fideos con salsa de tomate. Después de hervir el agua en la olla, y haber preparado la salsa, busqué los fideos en la despensa, y me di cuenta que no tenía más. Salí disparado a buscar algún mercado que estuviese abierto. Y en el apuro, salí en remera, shorts y ojotas, con una temperatura que no llegaba a los 10ºC. Correr al pedo, para volver a tu departamento sin los fideos -obvio, era domingo a las casi 3 de la tarde- y resfriad...

sube carreteiro sube, que o carro vai voando

No había caso. Las cuatro ruedas giraban en el aire. La panza de la camioneta ya tocaba ese suelo de cenizas volcánicas, y no había una piedra tan grande como para que la goma mordiera y saliera de ahí. Las que conseguimos se enterraban apenas mi papá pisaba el acelerador. Lo vi dudar unos segundos. “Tenemos que caminar”, me dijo preocupado pero simulando tranquilidad. Preocupado quizás porque estábamos en medio de un desierto, porque el lugar más cercano estaba a cinco horas a pie, porque no teníamos casi nada de agua, o porque si nos agarraba la noche nos moríamos congelados. “Buenísimo”, pensé yo, desconociendo todo eso. Empezamos a caminar. Cuando nos paramos a descansar en una piedra grande, vi hacia atrás y me sorprendió lo chiquita que parecía la camioneta desde allí. Varios kilómetros después, caí rendido mientras subíamos una cuesta. No podía respirar, y me desesperaba. Papá me dijo que me tranquilice, que es normal que me pase eso estando a más de cuatro mil metros de altura...