Ir al contenido principal

Entradas

Mostrando las entradas con la etiqueta cuento

revolución mosca

Esto que escribo es una especie de catarsis. No sé si alguien lo va a leer en algún momento, o si más tarde yo mismo voy a necesitar recordar. No me interesa la escritura, jamás me importó demasiado. Leí mucho, sí, pero nunca pensé en dar ese paso y pretender llegar al otro lado, a ser el que guía a los que te leen. Creo que mi amigo acaba de morir. Es raro escribirlo, no puedo creer que sea cierto. Es la quinta lágrima que tengo que limpiar de la hoja, perdón si la tinta se corre un poco. Mi amigo acaba de morir. Me duele la mandíbula, tengo mucha bronca y no puedo hacer nada, y sigo apretando los dientes. Es de noche, estoy en el centro de la ciudad, en mi refugio. Hace cuatro años que estamos en guerra. No sé quiénes van ganando, si ellos o nosotros, pero no soy parte del “nosotros”. Todo se desvió muchísimo, nos engañaron sin piedad. Todavía hay muchos que creen en lo que se defiende, en lo que nos dicen que se defiende, pero cada vez menos. Por eso mismo todo se pu...

gris y cuarenta y dos

Tal vez en algún momento alguien llegue a investigar lo que pasó realmente esa noche. No había luna llena, no había mil estrellas, no había niebla terrorífica. O quizás, sí. No creo que nadie lo recuerde. Solo había tres paños fijos a cada lado. Tres enormes vidrios a la izquierda, tres enormes vidrios a la derecha. Todos ellos tenían un polarizado distinto, evidencias de previos incidentes. Algunos eran más oscuros y marrones, otros claritos y azulados. En los del medio (a izquierda y derecha), se recortaba una pequeña ventanita rectangular. Una calcomanía verde dejaba leer “salida de emergencia”, todo en mayúsculas. Al lado de las letras blancas, un muñequito corriendo hacia la izquierda, hacia las palabras. Ella y yo íbamos casi al final, asientos cuarenta y uno y cuarenta y dos. Los números son solo detalles, podrían haber sido dos y tres, diecisiete y dieciocho. Pero son los detalles, esas cosas insignificantes, esos cuarenta y uno y cuarenta y dos (con los dibujitos ...

antifaz

Se recostó sobre la cama, y se volvió a poner el antifaz. Y se quedó allí, mirando un fondo negro, a sabiendas de que más allá de ese oscuro cielo, había un techo con la pintura beige resquebrajada por los temblores del suelo, del que colgaba un foquito de vidrio sucio y transparente. Las grietas araña no parecían ahora tan desesperantes. Sintió una caricia tranquilizadora en su cabello, pero se dio cuenta de que era ella misma, y se siguió acariciando, hasta que una lágrima brotó del borde inferior del antifaz y tuvo que extirparla de un manotazo. Siempre se supo ver como una persona cualquiera, a la que nadie tenía en cuenta. Pero esa gota salada encendió un fósforo en el medio de su estómago y su corazón, y entendió que no era ella la cualquiera; los cualquieras eran los demás. Como, por ejemplo, el gordo que tenía al lado. Hasta llegó a salpicarlo con la lágrima, pero ni se inmutó. Aunque la mezcla de amor y dinero le venía perfecto, las últimas veces le cobró menos y, el tipo...

creer para ver

Y ahí estaba yo, sumergiéndome en la hermosa textura amarillenta de un libro viejo que me enseñaba los planes de gobierno del siglo veinte, tratando siempre de ver cómo mierda aquello incidía en nuestros días, en hoy, en mañana. Puras mentiras. ¿Quién puede creerle a un tipo que dice que un diputado, hace más de setenta años, presentó un proyecto que seguimos sufriéndolo hasta el día de hoy, diez de noviembre del dos mil cuarenta y dos, a las cinco de la mañana? Para agarrarlo entre los dedos, palparlo y sentirlo real, necesito una máquina del tiempo, necesito verlo por mí mismo, sin el intermediario añejado encerrado entre dos tapas de exquisito cuero marrón. Hay algo de lo que estoy seguro: esa máquina no se construyó no porque haya sido imposible hacerlo, sino porque a los poderosos no les convenía, ni les sigue conviniendo, ni les va a convenir jamás. ¿A qué persona de poder le gustaría volver a pasar por las cosas que tuvo que pasar para llegar a conseguir ese poder? Y no digo ...

toda suya

Llegó una tarde hasta el edificio de la calle Quintana. Subió hasta el quinto piso en un ascensor lento y lleno de quejidos, entró a un living alfombrado de muebles oscuros y con un leve olor a eucaliptos. Y allí, en esa casa que no conocía, se sentó en un banquito de madera adornada con plata reluciente a esperar al dueño. Eran ya las siete de la tarde, y Menéndez no aparecía. Fue hasta la cocina para servirse algo de tomar, pero la heladera estaba completamente vacía, salvo por medio limón y un pedazo de queso castigado por el frío. Cerró la puerta blanca con desgano, soltando algún insulto al aire. Se dio vuelta para agarrar un vaso y servirse agua de la canilla, y se quedó perpleja. –No sabía que ibas a estar acá –le dijo Menéndez, agarrándola de la cintura y estampándole un beso. –Quería darte una sorpresa –titubeó ella –, pero me salió al revés. ¿Cómo te fue? –Bien, qué sé yo. Cada día se pone peor. ¿Querés que te invite a cenar? ¿O ya tenés planes? –Como usted man...

no me dejen afuera

Pasaban al frente suyo, son más de su tamaño. Y se metió. El juego por ahí se ponía aburrido, y más si miraba la cara de los otros. Por eso se metió con los más grandotes. No sabía dónde estaba antes ni adónde iba, ni dónde iban ahora ni de dónde venían. Ah, qué olor. Un olor muy familiar, no se acuerda de qué es o a qué lo hace acordar. Sí. El olor del garaje del abuelo. Igualito. Las ruedas chirriando porque el tata intenta no tocar el auto de al lado, porque es carísimo, y no había plata para desperdiciar en choques con autos ni en regalos ni en nada.  Los llevó a otra habitación. De atrás se veía igual que papá, con ese traje todo negro que usaba siempre para ir al trabajo, con su bolso marrón oscuro, que tenía esos broches plateados que tanto le gustaba abrir y cerrar y tantas veces lo había retado por eso. Aunque el señor no llevaba el bolso marrón oscuro, ni ningún bolso. El negro de los zapatos era mucho más brillante que cualquier otro negro que conocía. Cuando lo vio...

viernes 3 AM

Hacía cinco días que le pasaba lo mismo. Eran las tres de la mañana y miraba acostada por la ventana cómo se prendía una luz en un departamento del edificio del frente. Trataba de imaginarse qué hacían a esa hora despiertos. En su cabeza podía ver a una señora que se levantaba para ir a tomar agua, o ir al baño, o ambas, quién sabe, y después se dormía. Miraba también cómo la barra de acero del perchero se había torcido en el medio hacia abajo por el peso de los abrigos. Estaba harta de esta situación, de no poder descansar lo suficiente, tener que levantarse temprano, prepararse un mísero desayuno, caminar hasta la facultad, cursar seis grises horas, caminar corriendo hacia la oficina mientras comía algo frío y seco, ir de acá para allá entre la oficina y el lugar al que la mandaba el idiota del jefe durante ocho horas aún más grises que las seis anteriores, esperar el colectivo, llegar y prepararse algo rápido para comer y acostarse e intentar dormir. Tenía que hacer algo con ese in...