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Mostrando las entradas con la etiqueta conceptuando

la despedida

La despedida se camufla en cada abrazo apretado, en cada mirada que perdura. Se traduce en un chau que no quiere decir chau, y por eso mismo nunca es cómodo ni seguro; nunca se dice chau sin sentir que ese chau no puede ni tiene que ser el último, que dentro de un ratito va a venir otro chau, con otro abrazo y otro beso, seguido de otro chau y una mirada, seguido de otro chau más, y así infinitamente, hasta que la despedida sea una pérdida de tiempo tan grande que no se despida nadie más, jamás. La despedida se odia. Si fuese por ella, nunca hubiese nacido, porque sabe con certeza que su existencia va a ir eternamente esposada al dolor. Al dolor de un hijo que se va, de un amigo que ya no se verá, de un hermano que no se abrazará. Al dolor de una mujer que ya no se besará. La despedida se detesta. Y no se detesta solamente porque toda su vida va a ser un sufrimiento; se detesta porque hace que un pedacito pequeño de la vida de los demás sea triste por un instante; se detesta por t...

saqueémonos

Me los imagino ahí, envalentonados por los griteríos de mujeres desde los balcones y los aplausos de sus nuevos compañeros. Los puedo ver, con la cabeza y el mentón más arriba que nunca, con el pecho lleno de un aire de conquistas, y los puños apretando y encerrando con fuerza tierra, sudor y, quizás, sangre. Los veo con esa cabeza que, segundos más tarde, inclinarán hacia abajo para escupir al que tienen bajo sus ojos, tirado en el piso, inmóvil. Alguien grita "mátenlo", y les pegan una, dos, o tres patadas. Salen a la calle, con los oídos mojados por la televisión y sus voces que les aseguran que "están defendiendo lo que es suyo". Creen que es una guerra, como las que vieron, tal vez, una hora antes, en alguna serie o película en Space o HBO. Uno se enfurece porque alguien roba en un Audi, y no se llega a entender si su enojo es porque están robando, o porque ese "negro de mierda" tiene un auto mejor que el suyo. Otro pide como regalo ser inimputable...

cerca de la revolucón

"Es un idiota", era su pensamiento más recurrente. Su cuestionamiento iba más allá del tradicional duelo hijo-padre, o del archiconocido trauma del hijo mayor. Las tierras abarcadas por el poderío monárquico de su progenitor eran los campos más codiciados de todo el continente; las parcelas de cebada se extendían hasta no dar más la vista, pasando por una metamorfosis del verde al amarillo casi dorado con el transcurso de la temporada; los olivos crecían sin mesura, aumentando de tamaño su tronco hasta confundirse con los viejos algarrobos; los enormes y encorvados bisontes tenían gran cantidad de verdes bosques para vivir plácidamente; miles de viviendas servían de nidos para cigüeñas que extendían sus alas blancas con franjas negras durante los días del apareamiento. Y en miles de otros casos, las tierras del Rey Evaristo "El Complaciente" eran motivo de admiración y confabulación enemiga: trigales perfectos y abundantes, melocotoneros hermosos como dioses, jardi...

jugando bien o jugando mal

"La tarea es imposible: hay cosas que no se pueden narrar", dice Mario Levrero en La novela luminosa.  Mi cabeza, entonces, me lleva a viajar por distintas palabras que serían difíciles de narrar, de explicar. Pasan "amor", "impotencia", "tristeza", "dolor", "placer", pero son todas medio parecidas. Quiero encontrar una que las contenga a todas, que sea realmente una cosa gigante, legendaria, eterna, y pequeña y mundana a la vez. Yo diría, sin embargo, que hay cosas que son casi  imposibles de narrar. Uno no podría empezar jamás algo con esa frase de Levrero; más bien, sería un final perfecto. Por eso mismo, agrego impunemente ese "casi" tímido. Es que, si bien hay cosas que no se pueden narrar, se puede tratar de rodearlas. Como una leona que merodea a la gacela inocente y, después de darle vueltas y vueltas, la ataca. Y así, quizás, llegamos a acercarnos a aquello que queremos narrar. También está la táctica inv...

plan táctico y estratégico de la guerra

Como visto a través de unos binoculares, las dos esferas de mapa contienen los cincuenta países. Los cristales, al parecer, deformaron los límites territoriales, y el mundo ahora es otro: estados inexistentes que aparecen, países existentes que desaparecieron. Se preparan las miradas para largas horas de encarnizadas batallas azarosas, de movimientos desesperados, de soldados sacrificados. De amistades posiblemente deshechas hasta el cercano amanecer. Los objetivos se reciben con temblorosas y esperanzadas manos, deseosas de acatar las órdenes más simples y rápidas. Una vez dictaminada la misión, todos se miran tratando de adivinar las intenciones ajenas. Rumores de conspiraciones comienzan a correr por lo bajo, y el mundo es dividido entre los ahora mandatarios. Las pequeñas fichas de colores que ahora van tiñendo el planisferio binocular encienden y apagan ilusiones en uno u otro jugador, como si de una lotería territorial se tratase. Hay quienes esgrimirán una falsa sonrisa, ...

un indiecito más

Como en los cuentos, o en las películas. Tres barquitos, o barcotes, surcando improvisados la cornisa del -hasta ese entonces- mundo. Miles de kilómetros, miles de millones de litros de agua salada que esconden misterios aún hoy desconocidos. Instantáneas olas capaces de derrocar al más fuerte castillo. Tres cruces rojas flotando por la nada azulada, bajando y subiendo colinas movedizas, capaces de desaparecer en un segundo. Tormentas y remolinos abatidos por maderas ancestrales. Monstruos desalmados con piel de café, pelos oscuros, y paraísos escandalosamente derrochados y mal administrados. Una batalla por la ciencia, por la religión. Por la vida. Quinientos veintiún años antes que los festejos, antes que las demandas, antes que las protestas. Quinientos veintiún años antes que la tarde en que se detiene algún partido de fútbol por cantos xenófobos, que alguna chica se abraza a su amado en un parque, o que miles de niños son alentados a disfrazarse de un hombre valiente con sombre...

como maquinita por la gran ciudad

Por ello que,  de la misma manera que “se lleva” el cuerpo,  se lleva la casa hacia donde se vaya. ALEJANDRO HABER – LA CASA, LAS COSAS Y LOS DIOSES La ciudad es anónima. Somos todos sombras sin nombres ni rostros, y el anonimato nos envuelve. No somos nadie entre tanta gente. Uno más, caminando entre miles. En nuestra mente, para nosotros mismos, ¿somos anónimos? Son casi las diez de la mañana. El sol, otra vez, está hace rato allá arriba. Salgo de casa, y cruzo la calle y la placita triangular para caminar por la avenida. Nadie camina por acá, y parece que a nadie le interesa. Las veredas no existen, son sólo una extensión en tierra del asfalto de la Bartolomé de Castro, que baja del Jumeal y te deja en la rotonda al frente del Hospital San Juan Bautista. Esta avenida es casi un recorrido obligatorio para las bicicletas y corredores deseosos de ejercitarse.    –¿Vio el semáforo, m’hijo? –me pregunta una señora que lleva una bolsa de arpiller...

quelagentenolosepa

Hola Vengo a decir que no sé cómo hace la gente para escribir la descripción de una banda y catalogarla según tal o cual género, y me dan curiosidad. No sé cómo lo hacen, cuando un grupo toca un tema de una forma, y toca otro de una forma totalmente distinta al anterior, o en un disco tiene un estilo, y cambia a otro estilo en otro disco. Cuando cada canción tiene su comienzo, su historia, su vida, su fin. Puede comenzar siendo una cosa, y terminar siendo otra que, ni siquiera el que la toca, sabe qué es. Cuando cada canción tiene restos y continuaciones de otras canciones, o respuestas y preguntas a otras más. Cuando cada tema se separa de una generación, o se une a otra, y se junta con las suyas, o se pelea con los demás. Cuando un músico, que le habla a las cuerdas, no piensa si en ese momento está haciendo rock, está haciendo folclore, está haciendo música de mierda, o está haciendo lo que menos basurearán los críticos. Quizá, en ese momento, está haciendo, simplemente, lo que ...

de teclados y guitarras

A veces, esas cosas que nos quedan tintineando en la conciencia, necesitan ser expresadas, contadas, gritadas, escupidas. Escritas. Murmuradas. Son flashes de fragmentos de situaciones de algún algo que pasó alguna vez. Flashes que nos remontan a ese momento, que nos hacen recordar toda la escena, o no recordar nada de donde fue extraído. Simplemente, aparecen. Cuando menos lo esperás, se aparecen. Y, generalmente, no les prestamos atención. Pero estas cosas que transitan por allí, singifican otras cosas. Nos pueden hacer ver el sentido de esa acción, o de la situación de la que fue extirpada. Ahora, el que estaba sentado al teclado, movía sus manos enérgicamente, de aquí para allá, de arriba hacia abajo, con una de ellas con los dedos notablemente separados, y la otra con los dedos más juntitos, y después cambiaban de posición, y volvían a bailar de un lugar al otro. Era su momento. En esto, el de la guitarra colgada al cuello y micrófono cerca de la boca, se vuelve hacia él. Y lo ...

la música en el marote

Suena el parche de un bombo, o quizás un tambor, no sé bien. BUM, bumbum BUM, bumbum BUM, bum, bum, bumbum BUM, bumbum BUM, bumbum BUN, bum, bum. Al ratito aparece un piano. Se sienten los deslices en las teclas, y me imagino que tal o cual sonido proviene desde más allá, o desde más acá, dependiendo si son plines o pluuumes. Son dos instrumentos, y pienso que uno puede prestarle atención perfectamente a los dos, esforzándose en seguir la melodía de los plines y pluuumes, y saltando rápidamente al BUM, bumbum BUM, cuando ellos hacen aparición. Así, voy corriendo de uno en otro, siguiendo las dos melodías en forma. Siento que logré descifrar algo muy importante, algo que debería escribirlo para poder recordarlo más adelante. Pero algo pasa. En determinados momentos, entre los bumes y los plines y los pluuumes, hay otro sonido. Uno que se asoma tímido, pero que podría tener la fuerza de mil gigantes. Un acordeón susurra algunas cosas, pero solo en momentos en los que yo pienso que no lo ...

huracán cardinal

–¿Quién es? –dije con una voz valiente y fuerte, tratando de disimular el miedo y la incertidumbre que genera el timbre de tu casa a las cuatro de la madrugada. –Buenos días, señor. Nosotros queríamos hacerle una pregunta. ¿Sería eso posible? –me dijo del otro lado. –¿Qué querés? –respondí secamente. –Le paso a contar un poco de qué se trata esto. Venimos de un lugar muy lejano, en donde no conocemos su estilo de vida, y mucho menos la ubicación de sus regiones, aunque sí pudimos informarnos de ello en la base de datos inalámbrica, pero no podemos ubicarnos. Necesitamos su ayuda. Queríamos que nos diga, ¿en qué dirección está Occidente? Yo estaba con la oreja pegada a la puerta, y mis ojos querían verla también, pero no llegaban. Me di cuenta que, si intentaban tirarla abajo de un golpe, me tirarían a mi con ella. Pero debía contestar algo, y no había entendido nada de lo que dijeron: –¿De dónde me dijiste  que venías? –traté de conseguir información, o tiempo, o algo. ...

holismolítica

¡Y vivió, nomás! El tipo salió, volvió y se adaptó nuevamente. Claro, se "adaptó". Nunca más va a ser igual. Pero, por lo pronto, puede vivir. Claro, "vivir". Se hace lo que se puede. Y más si recién llegás del infierno mismo. Al verlo desde arriba, se piensa que sí, se puede. La cosa es mantenerse en esa mirada superior. No pienses en bajar, y ver todas las miserias, una por una, porque es algo que no se puede superar fácilmente. No pienses en analizar cuáles son los problemas que le aquejan, porque son distintos para todos. No los podés arreglar, hagas lo que hagas. Los podés dibujar, distraer, pensar en otra cosa. Los podés hacer sonreír, hacer festejar. Pero siempre, siempre, van a volver. Por eso, no tenés que bajar. Siempre desde arriba. Que la angustia no te toque; hacés lo que podés. Como todos. Sino, mirá. ¿Qué podés hacer viendo uno por uno sus problemas? Nada, sólo perdés tiempo. Tiempo y motivación. Es como un hormiguero, miralo desde arriba, y vas a pod...

teorías pelotudas, primera

No saber si es el día, la noche, o la lámpara de la mesita de luz. Saber que no sabés todo lo que deberías saber. Algunas veces, solamente, hacemos lo que queremos. Otras, lo que pensamos que es lo que queremos. Pero, también, hacemos lo que quieren ellos. Y, quizás, hacer eso que ellos quieren que hagamos es lo que nosotros queremos hacer, aunque parezca todo una bola interminable de desplazamientos de "quereres". Debe ser un dolor de cabeza, hacer lo que los demás quieren que hagas, sin quererlo realmente. Creo que sería como que toquen un recital multitudinario de la música que siempre quisiste que te guste, pero que no lo conseguiste, usando tu cabeza como un parche más de la batería. Mientras, vos, sonreís, cantás las canciones, te querés ir, no te vas, cantás. Y todas estas boludeces para terminar diciendo que me clavaron en el parcial de hoy. Bien, che. " – Me sentí un ejemplo de posmo. – Eh, quién sabe. Q uizá somos todos un ejemplo de posmo intentando...

y sin emgargo, ellas

Revolviendo entre las cosas, encontré un trabajo que hice hace un tiempo sobre la despenalización del aborto en Argentina. Me hizo recordar a lo que sentí en el momento de desarrollar el trabajo, y me dieron ganas de escribir algunas partes acá. "Desde mi punto de vista, es necesaria la despenalización del aborto. Nadie debería tener el derecho de elegir si una mujer tiene que tener un hijo o no, más que la propia mujer en cuestión . Pero no solamente debe ser legal abortar en caso de riesgo de vida para la madre o el que está por nacer, o en caso de violación; tiene que ser legal en todos los casos, así sea que la madre esté enferma, que no pueda mantener económicamente a ese hijo o que simplemente no desee ser madre en ese momento de su vida. Nadie tendría que obligar a una mujer a algo tan importante y trascendental como lo es tener un hijo . Y esta postura va más allá que reclamar educación sexual en las escuelas o que se repartan anticonceptivos gratis; el aborto es un...