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Mostrando las entradas con la etiqueta La Mile y yo

ni una menos, ni el interior

Siete de las ocho cuadras que caminamos estaban repletas de afiches y papeles pegados en las paredes. De todos los colores, con todos los mensajes. Política, publicidad, manifestación. Y, en lugar de ver las cúpulas y los hermosos edificios que llenan Callao, la Mile no sacaba la vista de esos papeles. No sé de cómo no le agarró tortícolis. Si había alguien delante de ella, se lo llevaba puesto, estaba como abstraída. Cada tanto me preguntaba algo que leía en alguno. Leía rápido, y eso que aprendió a leer hace seis meses, nomás. -¿Qué es el interior? -me preguntó cuando pasamos uno que decía que podías viajar a Tucumán por SOLO (así, en mayúsculas) dos mil setecientos pesos.  -El interior del país -le contesté, mientras trataba de que no nos pisara el auto azul que acababa de cruzar en amarillo casi rojo.  -Por sólo dos mil setecientos pesos -repitió como para sí misma.- Guau. -Sí, es ida y vuelta. Vas y volvés -me molestaba no poder prestarle más atención. -¿Y por...

si me das a elegir, me quedo contigo

-¿Y, cómo te fue?- le pregunté ni bien se subió al auto. -Bien -me contestó, con la carita apoyada contra la ventanilla empañada. Se quedó mirando hacia el costado, y yo sabía que, en realidad, no estaba mirando nada en especial. -¿Y el beso? -ella sabía muy bien que sin beso no encendía el motor.  -No sirven de nada los besos. Estaba enojada. Algo le había pasado, porque nunca me negaba un beso, y menos con ese nivel de profundidad existencial.  -¿Qué pasó? -le pregunté, acariciándole ese pelo oscuro que tanto me gustaba de ella.  -Nada. Bueno, sí. Estoy enojada porque a los ocho años me voy a separar de vos -me dijo, tratando de contener el llanto con todas sus fuerzas. El mentoncito le temblaba, y una lágrima casi llegó hasta su boca, pero la limpió rápido, como escondiéndola.  -¿De dónde sacaste eso? -De todos lados. Los de tercero siempre se empiezan a bajar de los autos una cuadra antes del colegio, y se van sin darles besos a sus mamás. Y ...

hoy este fuerte viento que sopla es para mí

Hace días que se la pasaba mirando por la ventana. No sé qué era lo que le llamaba tanto la atención, lo único que había ahí afuera era el mismo paisaje de siempre, esa casa amarilla con rejas negras, la otra blanca con rejas también negras, y la concesionaria de usados del Negro Gerjo. No había un auto nuevo, ni se había ido ninguno de los que estaban. Ella ponía la sillita azul ahí, y se apoyaba en el alféizar a mirar. Al principio me pareció otra de sus locuritas y rayes del momento. Pero después de tres días seguía pegada al vidrio. Aunque tampoco se lo iba a preguntar. Sabía muy bien que cuando estuviera lista, ella solita iba a venir con sus dudas y teorías hermosas.  Cuando volví del laburo, me atacó con uno de sus abrazos enormes. Me agarró de la mano y me llevó hasta la ventana.  -¿Qué ves? -me preguntó, señalando con su dedo regordete.  -La casa de doña Estela, el árbol de la vereda de doña Estela, la casa de Samuel y Jimena, el local de Gerjo, los...

ponéte al revés

El tipo estaba en frente nuestro. Hablaba rápido, con los brazos que daban vueltas y hacían dibujos que se veían solo escuchando sus palabras. Sentado en una sillita de madera de algún bar, explicaba cosas acerca de nombres de supermercados, o algo así. No le prestaba mucha atención, porque la miraba a Milena, que estaba como hipnotizada, enamorada del tono de voz del tipo subido al escenario del teatro; sus ojitos iban desde la fuente emisora de ese sonido grave y profundo a los brazos movedizos y explicadores; la lengua se hamacaba en el maxilar inferior, que colgaba preso de la involuntariedad promovida por la voz del talentoso.  Algún ruido debí haber hecho, porque de repente sus cejas se estremecieron y sus pupilas se enfocaron en el aire cercano (de chiquito, yo pensaba que las cosas estaban compuestas de millones de puntitos minúsculos y que, si nos esforzábamos mucho, podíamos enfocarlos a cada uno. De esos puntitos, los cercanos, los que estaban suspendidos en la na...

al médico en cuatro

Caminamos como cinco cuadras; el bondi nos dejaba cerca, pero Milena siempre se quejaba. Hoy, todo le molestaba. Yo sabía que algo le pasaba y, cuando -a las dos de la mañana- comenzó a los gritos, llamé enseguida al Dr. Galimberti para pedirle turno. El consultorio estaba en la calle Malasia, una bien cortita, con adoquines. Lindo lugar. Tranquilo. Toqué el timbre, y no me preguntaron nada, solamente abrieron la puerta con el portero eléctrico. Milena no quería entrar. Le dije que todo iba a estar bien, que después la llevaba a comer algo rico. Siempre le entré por el lado de la comida. Seguro que va a ser una gorda asquerosa amante de los ñoquis, el asado, el vino y McDonald's, como yo. Puso una cara de "me usás con esto del morfi, sos un manipulador, y lo sabés, y me cabe porque me conocés y es un vicio", y caminó arrastrando los pies como si tuviese zapatitos de plomo. Saludamos a Corina, la secretaria, y nos sentamos en esas sillas azules encadenadas de a cuatro. ...