A la tierra que consuela tu llanto, al capullo que se despereza y se abre, al árbol que dice basta y cae en sueño, al grito de la carne en la parrilla chispeante, al viento que seduce al polvo y lo invita a pasear de su mano, al perro que corre y ladra al lado del auto que pasa, al niño que siente el triunfo de haber sido el primero en descifrar lo que significa la letra de la canción, a la mandarina que llama al pájaro y lo anima a probarla, a la sonrisa de esa mujer que alborota al más rojo de los cachetes, al pelo de noche de luna llena ahumado por la chimenea, al gato que se contorsiona y doblega ante la caricia de la mano, a la cal y el cemento en la mañana fría de un agosto, a la hoja coreógrafa que marca el camino del otoño, al chocolate que se derrite al susurro de la llama, a los hijos que se conocen y hacen que sus padres se conozcan, a la señora sentada a las seis de la tarde en la vereda en una silla plegable, a la humedad de mil años de un repasador, a las bromas que una abeja le hace a una flor mientras coquetea con otra, al adobe que te abraza, al sol que cuando te alumbra te convierte en girasol.
Comentarios
Publicar un comentario