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al poder

Que nos quieren proteger, sin ser propensos al amor, que va a ser con dolor, cuando nos vengan a golpear. Que piden como quién no, ausentes del azar, que saben que en su milagro está el crédito de dios. Quien quiera ir a ver, que vaya, nomás, que ya lo deben esperar, sentaditos sobre el oro sucio. Si sienten el sabor no será su voluntad; el sabor de la tierra, ristras del mar y del sol. Escúchenlos mentir las crías, véanlos tomar las armas, sáquenles una foto, que no se escape la tristeza. Que desechan las canciones que atraviesan los reveses, que se embeben en las redes de las ganas del honor. Sinceros y humildes, amigos y queridos, saben que las risas bailan en los vestuarios. Que nos quieren proteger, sin ser propensos al amor, que va a ser con dolor, cuando nos vengan a matar.

en burbuja

Se pasaba las noches en vela tratando de descifrar qué había pasado, mirando el techo blanco lleno de burbujas de humedad, que a cada noche parecían aumentar de número y tamaño. ¿Era cierto, o era solo su imaginación? A veces, lo distraía una luz que entraba por la ventana, cuando algún auto doblaba por República y tomaba San Martín. Claro que, habiendo tan poca gente en el pueblo, eso pasaba una o dos veces por noche. -Buenos días -le dijo Marta, la vecina con la que compartía balcón, mientras colgaba remeras, pantalones y alguna que otra prenda íntima. Otra noche sin dormir, y llegaban ya a cuatro seguidas. Como un cazador oculto entre los arbustos y la oscuridad de su departamento, le respondió con una mano levantada, aunque pareció más una reverencia al cigarrillo que llevaba enganchado entre los dedos.  -Parece que se viene la lluvia, Dios nos guarde -insistió Marta, todavía con la esperanza de que aquél ermitaño andrajoso pero misterioso le dedicase alguna palabra. "Uno...

exdelentes

Como cuando quisiste hacerte la impresionada, y te salió cara de rata; como cuando sentiste que eras la diosa, y el obrero se cosió la boca. Como cuando pudiste creerte limosna, y preferiste vestirte de onza; como cuando la novia te escupió la cara, y te untaste todo con gracia. Ahora te gusta la hamaca, ahora pisas sólo césped, ya no evitás la superstición, ya no mentís, ya no morís. Como cuando miraste un antro de arriba, y te reíste de gente suicida; como cuando lloraste para abajo, pero tus mocos iban para arriba. Como cuando llamaste a las viejas por feas, y te jactabas de ser la primera; como cuando incendiaste el auto del de al lado, por ser como vos, pero más plantado. Ahora te excita el viento, ahora tus sillas son de pasto, ya no atacás al por mayor, ya no mentís, ya no vivis.

antifaz

Se recostó sobre la cama, y se volvió a poner el antifaz. Y se quedó allí, mirando un fondo negro, a sabiendas de que más allá de ese oscuro cielo, había un techo con la pintura beige resquebrajada por los temblores del suelo, del que colgaba un foquito de vidrio sucio y transparente. Las grietas araña no parecían ahora tan desesperantes. Sintió una caricia tranquilizadora en su cabello, pero se dio cuenta de que era ella misma, y se siguió acariciando, hasta que una lágrima brotó del borde inferior del antifaz y tuvo que extirparla de un manotazo. Siempre se supo ver como una persona cualquiera, a la que nadie tenía en cuenta. Pero esa gota salada encendió un fósforo en el medio de su estómago y su corazón, y entendió que no era ella la cualquiera; los cualquieras eran los demás. Como, por ejemplo, el gordo que tenía al lado. Hasta llegó a salpicarlo con la lágrima, pero ni se inmutó. Aunque la mezcla de amor y dinero le venía perfecto, las últimas veces le cobró menos y, el tipo...

libertad sobre cuello

Otra vez la vida se hace indecente, otra vez las cajas me piden rescate; otra vez la frente me suda de frío, y las cabezas que sueñan ser libres. Otra vez se escuchan las viejas comiendo, otra vez, con sus anillos birlados; otra vez el calor que baila un malambo, y las cabezas murmuran ser libres. Esta vez, las cosas ya son así, y, esta vez, las podremos mirar, sin mentir. Otra vez los yuyos se acuestan de espalda, otra vez las mesas se llenan de nada; otra vez mis dedos se mueven ellos solos, y las cabezas que piden ser libres. Otra vez las miradas se encuentran sin verse, otra vez, se sienten arderse; otra vez me niego a perderte, y las cabezas que luchan ser libres. Esta vez, las veredas son de gris, y, esta vez, se querrán teñir, sin sentir. Otra vez camino sobre un mundo al revés; otra vez el agua abraza al hielo, otra vez, el hielo se deja abrazar, y las cabezas que mueren de libres.