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ponéte al revés


El tipo estaba en frente nuestro. Hablaba rápido, con los brazos que daban vueltas y hacían dibujos que se veían solo escuchando sus palabras. Sentado en una sillita de madera de algún bar, explicaba cosas acerca de nombres de supermercados, o algo así. No le prestaba mucha atención, porque la miraba a Milena, que estaba como hipnotizada, enamorada del tono de voz del tipo subido al escenario del teatro; sus ojitos iban desde la fuente emisora de ese sonido grave y profundo a los brazos movedizos y explicadores; la lengua se hamacaba en el maxilar inferior, que colgaba preso de la involuntariedad promovida por la voz del talentoso. 

Algún ruido debí haber hecho, porque de repente sus cejas se estremecieron y sus pupilas se enfocaron en el aire cercano (de chiquito, yo pensaba que las cosas estaban compuestas de millones de puntitos minúsculos y que, si nos esforzábamos mucho, podíamos enfocarlos a cada uno. De esos puntitos, los cercanos, los que estaban suspendidos en la nada, eran el aire, el oxígeno que respiramos).
-¿Por qué mi izquierda no es igual que su izquierda? -me preguntó Milena, creo que descubriendo la respuesta mientras lo hacía.

Pero a mí me quedó la duda. ¿Cuántas cosas son al revés cuando están al frente nuestro? Y no solo al frente. Una guitarra no es lo mismo si su mástil apunta al este o apunta al oeste. El control remoto, cuando la lamparita de la punta le da la espalda al televisor, se convierte en un aparatito ridículo. La única que zafa de todo este asunto -además de Neuquén-, es la sombra. Levantamos nuestra mano izquierda, y la sombra, estando a nuestro frente, mirándonos, también levanta su izquierda.

Los brazos del que estaba en el escenario seguían describiendo anécdotas y recuerdos, pero ya no eran los mismos brazos. 

¿Cómo sería si fuésemos conscientes todo el tiempo de que nuestras imágenes no son así para el que está en frente nuestro? No pienso solamente en decir "a tu derecha", cuando mostramos una dirección. Todas las cosas que hacemos son siempre hechas desde nuestra perspectiva, pero el que está ahí, sentado del otro lado, ¿qué ve?

Cada mediodía, cuando la Mile vuelve del colegio (sí, empezó este año), me cuenta las novedades. Y me las cuenta con sus gestitos, y sus palabras que solo ella y yo conocemos. Pero vistas desde el frente, desde afuera, supongo que nadie podría entender ni un carajo de lo que dice. Quizás, esas vistas al revés, sean lo que nos da las ganas de aprender, de saber por qué esa persona piensa como piensa, de preguntarnos por qué ve lo que ve, o de intentar descifrar qué dice esa gordita de seis años cuando mueve los dedos de esa forma tan rara.

La gente se paró aplaudiendo, y algunos hasta gritaban con sonrisas en la cara. El tipo nos miraba a todos y dejaba que se leyera un "muchas gracias" que dudo haya tenido sonido. 
-No entendiste nada- me retó Milena con un puchero en su boca.
-¿Y vos qué sabés?
-No estás aplaudiendo, pimpón.

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