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exdelentes

Como cuando quisiste hacerte la impresionada, y te salió cara de rata; como cuando sentiste que eras la diosa, y el obrero se cosió la boca. Como cuando pudiste creerte limosna, y preferiste vestirte de onza; como cuando la novia te escupió la cara, y te untaste todo con gracia. Ahora te gusta la hamaca, ahora pisas sólo césped, ya no evitás la superstición, ya no mentís, ya no morís. Como cuando miraste un antro de arriba, y te reíste de gente suicida; como cuando lloraste para abajo, pero tus mocos iban para arriba. Como cuando llamaste a las viejas por feas, y te jactabas de ser la primera; como cuando incendiaste el auto del de al lado, por ser como vos, pero más plantado. Ahora te excita el viento, ahora tus sillas son de pasto, ya no atacás al por mayor, ya no mentís, ya no vivis.

antifaz

Se recostó sobre la cama, y se volvió a poner el antifaz. Y se quedó allí, mirando un fondo negro, a sabiendas de que más allá de ese oscuro cielo, había un techo con la pintura beige resquebrajada por los temblores del suelo, del que colgaba un foquito de vidrio sucio y transparente. Las grietas araña no parecían ahora tan desesperantes. Sintió una caricia tranquilizadora en su cabello, pero se dio cuenta de que era ella misma, y se siguió acariciando, hasta que una lágrima brotó del borde inferior del antifaz y tuvo que extirparla de un manotazo. Siempre se supo ver como una persona cualquiera, a la que nadie tenía en cuenta. Pero esa gota salada encendió un fósforo en el medio de su estómago y su corazón, y entendió que no era ella la cualquiera; los cualquieras eran los demás. Como, por ejemplo, el gordo que tenía al lado. Hasta llegó a salpicarlo con la lágrima, pero ni se inmutó. Aunque la mezcla de amor y dinero le venía perfecto, las últimas veces le cobró menos y, el tipo...

libertad sobre cuello

Otra vez la vida se hace indecente, otra vez las cajas me piden rescate; otra vez la frente me suda de frío, y las cabezas que sueñan ser libres. Otra vez se escuchan las viejas comiendo, otra vez, con sus anillos birlados; otra vez el calor que baila un malambo, y las cabezas murmuran ser libres. Esta vez, las cosas ya son así, y, esta vez, las podremos mirar, sin mentir. Otra vez los yuyos se acuestan de espalda, otra vez las mesas se llenan de nada; otra vez mis dedos se mueven ellos solos, y las cabezas que piden ser libres. Otra vez las miradas se encuentran sin verse, otra vez, se sienten arderse; otra vez me niego a perderte, y las cabezas que luchan ser libres. Esta vez, las veredas son de gris, y, esta vez, se querrán teñir, sin sentir. Otra vez camino sobre un mundo al revés; otra vez el agua abraza al hielo, otra vez, el hielo se deja abrazar, y las cabezas que mueren de libres.

saqueémonos

Me los imagino ahí, envalentonados por los griteríos de mujeres desde los balcones y los aplausos de sus nuevos compañeros. Los puedo ver, con la cabeza y el mentón más arriba que nunca, con el pecho lleno de un aire de conquistas, y los puños apretando y encerrando con fuerza tierra, sudor y, quizás, sangre. Los veo con esa cabeza que, segundos más tarde, inclinarán hacia abajo para escupir al que tienen bajo sus ojos, tirado en el piso, inmóvil. Alguien grita "mátenlo", y les pegan una, dos, o tres patadas. Salen a la calle, con los oídos mojados por la televisión y sus voces que les aseguran que "están defendiendo lo que es suyo". Creen que es una guerra, como las que vieron, tal vez, una hora antes, en alguna serie o película en Space o HBO. Uno se enfurece porque alguien roba en un Audi, y no se llega a entender si su enojo es porque están robando, o porque ese "negro de mierda" tiene un auto mejor que el suyo. Otro pide como regalo ser inimputable...

creer para ver

Y ahí estaba yo, sumergiéndome en la hermosa textura amarillenta de un libro viejo que me enseñaba los planes de gobierno del siglo veinte, tratando siempre de ver cómo mierda aquello incidía en nuestros días, en hoy, en mañana. Puras mentiras. ¿Quién puede creerle a un tipo que dice que un diputado, hace más de setenta años, presentó un proyecto que seguimos sufriéndolo hasta el día de hoy, diez de noviembre del dos mil cuarenta y dos, a las cinco de la mañana? Para agarrarlo entre los dedos, palparlo y sentirlo real, necesito una máquina del tiempo, necesito verlo por mí mismo, sin el intermediario añejado encerrado entre dos tapas de exquisito cuero marrón. Hay algo de lo que estoy seguro: esa máquina no se construyó no porque haya sido imposible hacerlo, sino porque a los poderosos no les convenía, ni les sigue conviniendo, ni les va a convenir jamás. ¿A qué persona de poder le gustaría volver a pasar por las cosas que tuvo que pasar para llegar a conseguir ese poder? Y no digo ...