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capital del quinto mes

Cuatro pizzas y un mantel, techo blanco, puertas vaivén, calesitas de chapa y miel, como las cosas sin saber. Sin las teclas de ejecutar, con los pelos sin despeinar, un papelito por arrugar, y los vestigios de un calamar. Las piedras domesticadas, eslabones de un ciclo fantasma, sentir las manos acaloradas, gritar sin voz todo lo que falta. La esquinita del alfombrado, sobreviviendo igual que un mago; con los botones desabrochados, y el viento de uno a otro lado. Y si a la luna vas, nos vas a ver a todos, a todos como hormigas, a todos apretados, embarrados, pidiendo más. Catedrales sin rosado, alguien se siente mareado, jardines desarmados, portones desalmados. Un cuadrito con espuma, diez pesos de viruta, sin saber qué es una puta, entiendo que ya no hay rutas. Los canales de satén, los quilombos que les den; capital del quinto mes, siempre surge del desdén. De los críos de la boca, solo quedan los que ...

hoy este fuerte viento que sopla es para mí

Hace días que se la pasaba mirando por la ventana. No sé qué era lo que le llamaba tanto la atención, lo único que había ahí afuera era el mismo paisaje de siempre, esa casa amarilla con rejas negras, la otra blanca con rejas también negras, y la concesionaria de usados del Negro Gerjo. No había un auto nuevo, ni se había ido ninguno de los que estaban. Ella ponía la sillita azul ahí, y se apoyaba en el alféizar a mirar. Al principio me pareció otra de sus locuritas y rayes del momento. Pero después de tres días seguía pegada al vidrio. Aunque tampoco se lo iba a preguntar. Sabía muy bien que cuando estuviera lista, ella solita iba a venir con sus dudas y teorías hermosas.  Cuando volví del laburo, me atacó con uno de sus abrazos enormes. Me agarró de la mano y me llevó hasta la ventana.  -¿Qué ves? -me preguntó, señalando con su dedo regordete.  -La casa de doña Estela, el árbol de la vereda de doña Estela, la casa de Samuel y Jimena, el local de Gerjo, los...

el Don

Se seca las gotas que cosquillas le irritan, ahí nadie necesita tener un enemigo, cualquiera sea la tarea ladrada, el Don le pega sin pegar y lo mata sin matar. Con sus ojazos limpia las paredes, y, mientras los de adentro siguen contra la plebe, se retuerce como cola de chelco aguantando lo que nadie supone cierto. En la calle, en la tienda, en la casa y en su cama, nunca intentó toparse con la hazaña. Sin embargo, los destinos se reparten para pocos, y el Don sospecha que él esconde el monstruo. Y sólo piensa en liberarse, aunque no sepa lo que signifique la palabra libertad. Según el Don, el trabajo va entre paños, pero para él descansa entre comillas; como una espada de oro que te corta los dedos, pero por lo menos tocaste un metal precioso. Sale al encuentro de los más desesperados, y le sorprende lo tanto que se parecen, los labios resquebrajados, los ojos aguados; se vuelve con el espinazo machacado. Si con una mano tapa el sol, con las dos estruj...

al poder

Que nos quieren proteger, sin ser propensos al amor, que va a ser con dolor, cuando nos vengan a golpear. Que piden como quién no, ausentes del azar, que saben que en su milagro está el crédito de dios. Quien quiera ir a ver, que vaya, nomás, que ya lo deben esperar, sentaditos sobre el oro sucio. Si sienten el sabor no será su voluntad; el sabor de la tierra, ristras del mar y del sol. Escúchenlos mentir las crías, véanlos tomar las armas, sáquenles una foto, que no se escape la tristeza. Que desechan las canciones que atraviesan los reveses, que se embeben en las redes de las ganas del honor. Sinceros y humildes, amigos y queridos, saben que las risas bailan en los vestuarios. Que nos quieren proteger, sin ser propensos al amor, que va a ser con dolor, cuando nos vengan a matar.

en burbuja

Se pasaba las noches en vela tratando de descifrar qué había pasado, mirando el techo blanco lleno de burbujas de humedad, que a cada noche parecían aumentar de número y tamaño. ¿Era cierto, o era solo su imaginación? A veces, lo distraía una luz que entraba por la ventana, cuando algún auto doblaba por República y tomaba San Martín. Claro que, habiendo tan poca gente en el pueblo, eso pasaba una o dos veces por noche. -Buenos días -le dijo Marta, la vecina con la que compartía balcón, mientras colgaba remeras, pantalones y alguna que otra prenda íntima. Otra noche sin dormir, y llegaban ya a cuatro seguidas. Como un cazador oculto entre los arbustos y la oscuridad de su departamento, le respondió con una mano levantada, aunque pareció más una reverencia al cigarrillo que llevaba enganchado entre los dedos.  -Parece que se viene la lluvia, Dios nos guarde -insistió Marta, todavía con la esperanza de que aquél ermitaño andrajoso pero misterioso le dedicase alguna palabra. "Uno...