Salió al patio para respirar un poco de aire fresco, frío. Se quedó mirando el paredón de ahí adelante, ese de ladrillos grandes y grises, alto como una jirafa, con unos pelos enrulados de metal brillante en la punta, y vio por un segundo lo que habría al otro lado. Plantas verdes y enormes, con flores violetas y rojas y celestes y amarillas y blancas bien fuerte, con abejas alrededor y toda la cosa. Sólo los dividía ese paredón, un simple paredón, un impasable paredón. Un gris paredón. Una mariposa pasó como brincando a su lado, y brincando así siguió y llegó hasta el final de los ladrillos grises, allá bien alto, y se paró en uno de los rulos de metal. Cada tanto movía las alitas, pero se quedaba ahí. Él se rió, sabiendo lo suertuda que era esa mariposa, y lloró riéndose, y después se rió entendiendo y pensando. Y la seguía mirando, y ella ahora lo miraba también a él, y se miraban. Y se veían. No sé por qué, pero esa tarde, fue feliz, y fue feliz con ella, y por ella. Y le pidió que fuera feliz por él, y por ella y por los dos.
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