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sube carreteiro sube, que o carro vai voando

No había caso. Las cuatro ruedas giraban en el aire. La panza de la camioneta ya tocaba ese suelo de cenizas volcánicas, y no había una piedra tan grande como para que la goma mordiera y saliera de ahí. Las que conseguimos se enterraban apenas mi papá pisaba el acelerador. Lo vi dudar unos segundos. “Tenemos que caminar”, me dijo preocupado pero simulando tranquilidad. Preocupado quizás porque estábamos en medio de un desierto, porque el lugar más cercano estaba a cinco horas a pie, porque no teníamos casi nada de agua, o porque si nos agarraba la noche nos moríamos congelados. “Buenísimo”, pensé yo, desconociendo todo eso. Empezamos a caminar. Cuando nos paramos a descansar en una piedra grande, vi hacia atrás y me sorprendió lo chiquita que parecía la camioneta desde allí. Varios kilómetros después, caí rendido mientras subíamos una cuesta. No podía respirar, y me desesperaba. Papá me dijo que me tranquilice, que es normal que me pase eso estando a más de cuatro mil metros de altura. “Es esa última loma y llegamos”, me dijo. “Mentiroso”, pensaba yo. Ya me había dicho eso varias veces, y después de la loma, había más lomas. Me dio un poco de agua. Cuando la probé, me hizo recordar a mi casa, a mi mamá llenando esa cantimplora “por si acaso”, como decía. Qué rica era el agua de casa. Nos levantamos rápido porque se venía una tormenta, y no teníamos lugar para refugiarnos. Unas horas después llegamos a la escuelita de la cual habíamos partido al mediodía. Papá me abrazó muy fuerte. Y no me soltaba. Era como el abrazo de un chico, de un chico con miedo. Me asusté mucho. Y lo abracé.

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