Ir al contenido principal

deshojación


Una hoja apenas marrón cae de un árbol. Da vueltas, parece ir a la izquierda, pero cambia y gira a la derecha. Cae a más de un metro de su madre. Se queda ahí, tirada, la hoja aventurera. Mira a su madre, la mira y espera.

¿Qué espera? ¿Que la busque, que la levante?

Si ella sola fue quien se mandó a volar. ¿O fue su madre quien, cansada de soportar sus prepotencias y aires de madurez, decidió soltarle la rama?

Sea como fuera, la cosa es así: árbol y hoja se extrañan, se aman y se miran. Árbol y hoja son distintas, pero iguales también.

Madre árbol tiene muchas hojas más para amar y querer, pero siempre recordará aquella hoja que la mira.

La hoja apenas marrón solo tiene a su madre, y ya no la tiene más; mirarla desde abajo es lo único que puede hacer, y es lo único que hace.

Y, para mal de males, cada vez es más marrón.


Comentarios

Entradas más populares de este blog

memorias de un piji

Esta no es una historia que inventé yo, sino que se inventó sola, mientras un piji revoloteaba dentro de auto gris. Lo único que estoy haciendo aquí es escribirla. Muchos años antes que esta tarde, allá por diciembre del dos mil tres, entré a la habitación de mi madre. Tenía diez años. Ella estaba en su cama, con los ojos todavía húmedos, abrazada a uno de mis hermanos. Hacía una semana que su madre, mi abuela, había fallecido. Trataba siempre de llorar en silencio, en su cuarto, para no entristecernos, para que seamos menos infelices, quiero creer. En ese momento hablaba con mi hermano de algo que no no escuché. Ahora, supongo que ella le estaba contando anécdotas de Carmita, su madre, porque le hablaba con una voz suave y lenta, en un susurro envolvente, mirándolo tiernamente a los ojos desde arriba mientras le acariciaba los rulos. Lo miraba a él, y la miraba a ella. Mi hermano tenía la vista puesta en la pared, o en otro lugar, en los lugares que mi madre le relataba, y la boca...

volando por ahí, y estoy

Estaba a pocos metros de la esquina de Santiago del Estero y Humberto Primo, esperando el 60. Adelante mío había una mujer que no tenía más de treinta años. Llevaba puesta una remera no tan blanca, y unos pantalones verdes. En la mano tenía una campera pesada, y la agarraba con desprecio, quizás porque hacían más de veinte grados y ahora tendría que cargar con ella toda la tarde. Se acercó un señor grande, con pantalones y campera del mismo color, un verde podrido. Estaba sucio, y caminaba como Tribilín, encorvado hacia delante, con las manos en los bolsillos. “Vendo merca, paco, porro, vendo”, seguía gritando, mientras se filtraba entre los autos que esperaban el verde del semáforo.  Se paró al lado de la mujer de la campera, del otro lado de la señal azul que indica la parada del colectivo. Abrió el basurero naranja y escupió adentro. “Vendo merca, paco, porro, vendo”, volvió a gritar, y se reía, y se repetía como para sí mismo “vendo merca”, mirando el suelo y asintiendo lenta...

blanca soledad

Quisiera saber qué tan difícil es. Y también, cómo se hace, y si yo lo puedo hacer. O si cada vez que intento abrir los ojos, los cierro más; me cierro más. ¿Quién determina lo bueno y lo malo?, ¿lo poco saludable y lo sano?, ¿lo correcto y lo incorrecto?, ¿lo salvaje y lo civilizado?, ¿lo verde y lo rojo?, ¿la luz y la oscuridad?, ¿lo blanco y lo negro? Y un día te fuiste, o me fui yo, con vos pero sin vos, y estoy acá, queriendo estar allá, y estoy sin vos, queriendo estar con vos. El sillón al atardecer ya es distinto, abajo sólo hay dos zapatos, y yo estoy acalambrado de nostalgias, viviendo de vivir queriendo estar con vos. Alto techo, ese salto a recordar, aquel ayer con mañana sin igual, y estoy acá, queriendo estar allá, y estoy así, hasta que me puedan sacar ese perfume color suavidad. Un rumor quiere que aparezcas, desfilando los escalones de esa montaña maldita, y que en su hervor grites, ¡Libertad, oh, libertad!