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libertad sobre cuello

Otra vez la vida se hace indecente, otra vez las cajas me piden rescate; otra vez la frente me suda de frío, y las cabezas que sueñan ser libres. Otra vez se escuchan las viejas comiendo, otra vez, con sus anillos birlados; otra vez el calor que baila un malambo, y las cabezas murmuran ser libres. Esta vez, las cosas ya son así, y, esta vez, las podremos mirar, sin mentir. Otra vez los yuyos se acuestan de espalda, otra vez las mesas se llenan de nada; otra vez mis dedos se mueven ellos solos, y las cabezas que piden ser libres. Otra vez las miradas se encuentran sin verse, otra vez, se sienten arderse; otra vez me niego a perderte, y las cabezas que luchan ser libres. Esta vez, las veredas son de gris, y, esta vez, se querrán teñir, sin sentir. Otra vez camino sobre un mundo al revés; otra vez el agua abraza al hielo, otra vez, el hielo se deja abrazar, y las cabezas que mueren de libres.

saqueémonos

Me los imagino ahí, envalentonados por los griteríos de mujeres desde los balcones y los aplausos de sus nuevos compañeros. Los puedo ver, con la cabeza y el mentón más arriba que nunca, con el pecho lleno de un aire de conquistas, y los puños apretando y encerrando con fuerza tierra, sudor y, quizás, sangre. Los veo con esa cabeza que, segundos más tarde, inclinarán hacia abajo para escupir al que tienen bajo sus ojos, tirado en el piso, inmóvil. Alguien grita "mátenlo", y les pegan una, dos, o tres patadas. Salen a la calle, con los oídos mojados por la televisión y sus voces que les aseguran que "están defendiendo lo que es suyo". Creen que es una guerra, como las que vieron, tal vez, una hora antes, en alguna serie o película en Space o HBO. Uno se enfurece porque alguien roba en un Audi, y no se llega a entender si su enojo es porque están robando, o porque ese "negro de mierda" tiene un auto mejor que el suyo. Otro pide como regalo ser inimputable...

creer para ver

Y ahí estaba yo, sumergiéndome en la hermosa textura amarillenta de un libro viejo que me enseñaba los planes de gobierno del siglo veinte, tratando siempre de ver cómo mierda aquello incidía en nuestros días, en hoy, en mañana. Puras mentiras. ¿Quién puede creerle a un tipo que dice que un diputado, hace más de setenta años, presentó un proyecto que seguimos sufriéndolo hasta el día de hoy, diez de noviembre del dos mil cuarenta y dos, a las cinco de la mañana? Para agarrarlo entre los dedos, palparlo y sentirlo real, necesito una máquina del tiempo, necesito verlo por mí mismo, sin el intermediario añejado encerrado entre dos tapas de exquisito cuero marrón. Hay algo de lo que estoy seguro: esa máquina no se construyó no porque haya sido imposible hacerlo, sino porque a los poderosos no les convenía, ni les sigue conviniendo, ni les va a convenir jamás. ¿A qué persona de poder le gustaría volver a pasar por las cosas que tuvo que pasar para llegar a conseguir ese poder? Y no digo ...

cerca de la revolucón

"Es un idiota", era su pensamiento más recurrente. Su cuestionamiento iba más allá del tradicional duelo hijo-padre, o del archiconocido trauma del hijo mayor. Las tierras abarcadas por el poderío monárquico de su progenitor eran los campos más codiciados de todo el continente; las parcelas de cebada se extendían hasta no dar más la vista, pasando por una metamorfosis del verde al amarillo casi dorado con el transcurso de la temporada; los olivos crecían sin mesura, aumentando de tamaño su tronco hasta confundirse con los viejos algarrobos; los enormes y encorvados bisontes tenían gran cantidad de verdes bosques para vivir plácidamente; miles de viviendas servían de nidos para cigüeñas que extendían sus alas blancas con franjas negras durante los días del apareamiento. Y en miles de otros casos, las tierras del Rey Evaristo "El Complaciente" eran motivo de admiración y confabulación enemiga: trigales perfectos y abundantes, melocotoneros hermosos como dioses, jardi...

ponéte al revés

El tipo estaba en frente nuestro. Hablaba rápido, con los brazos que daban vueltas y hacían dibujos que se veían solo escuchando sus palabras. Sentado en una sillita de madera de algún bar, explicaba cosas acerca de nombres de supermercados, o algo así. No le prestaba mucha atención, porque la miraba a Milena, que estaba como hipnotizada, enamorada del tono de voz del tipo subido al escenario del teatro; sus ojitos iban desde la fuente emisora de ese sonido grave y profundo a los brazos movedizos y explicadores; la lengua se hamacaba en el maxilar inferior, que colgaba preso de la involuntariedad promovida por la voz del talentoso.  Algún ruido debí haber hecho, porque de repente sus cejas se estremecieron y sus pupilas se enfocaron en el aire cercano (de chiquito, yo pensaba que las cosas estaban compuestas de millones de puntitos minúsculos y que, si nos esforzábamos mucho, podíamos enfocarlos a cada uno. De esos puntitos, los cercanos, los que estaban suspendidos en la na...