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ni loco boludo

Era ya algo seguro el hecho de que, esta noche, me iba a morir. No sé bien cómo es que funciona, pero uno se da cuenta al instante. Es como oler una mezcla de aserrín, vainilla y jengibre, y saber que mañana no vas a estar en el mismo lugar, ni en donde estás ahora, ni en ningún lugar por el que hayas pasado antes. Pero no es una desesperación espontánea; es más bien como una paz impresionante, que te va envolviendo desde la punta del zapato hasta las manos, y después sigue por la cabeza. Despacito, una nube subiendo. Tampoco entiendo qué es lo que la provoca. Uno va caminando como  – cree –  siempre lo hizo, pero en un momento ves que estás parado, mirando todo alrededor y no entendiendo nada. Pero no te preocupás, porque ya no te interesa más nada. Total, vos ya sabés que te vas a morir. ¿De qué mierda te sirve seguir llevando esos cheques al banco? ¿Para qué seguís mostrando esa cara de normal a todos, si a todos no los conocés, ni los vas a conocer ya? Por eso fue que...

si me das a elegir, me quedo contigo

-¿Y, cómo te fue?- le pregunté ni bien se subió al auto. -Bien -me contestó, con la carita apoyada contra la ventanilla empañada. Se quedó mirando hacia el costado, y yo sabía que, en realidad, no estaba mirando nada en especial. -¿Y el beso? -ella sabía muy bien que sin beso no encendía el motor.  -No sirven de nada los besos. Estaba enojada. Algo le había pasado, porque nunca me negaba un beso, y menos con ese nivel de profundidad existencial.  -¿Qué pasó? -le pregunté, acariciándole ese pelo oscuro que tanto me gustaba de ella.  -Nada. Bueno, sí. Estoy enojada porque a los ocho años me voy a separar de vos -me dijo, tratando de contener el llanto con todas sus fuerzas. El mentoncito le temblaba, y una lágrima casi llegó hasta su boca, pero la limpió rápido, como escondiéndola.  -¿De dónde sacaste eso? -De todos lados. Los de tercero siempre se empiezan a bajar de los autos una cuadra antes del colegio, y se van sin darles besos a sus mamás. Y ...

mi sonrisa tuya

Hoy te vi sonreír. Y sonreí yo también. Acá no es fácil sentir dolor, ¿sabés?. No es fácil porque se puede elegir sentirlo o no. Y no hay muchos que elijan sentir dolor. En realidad, de los que están acá, cerca mío, yo soy el único boludo que vivía eligiéndolo. Venía Carlos y me decía: "No seas tan pelotudo, nene. Esas cosas son para telenovelas o para los adictos a las frases de Facebook". Y algo de razón tenía. Pero yo no podía dejar de hacerlo. No podía soportar verte llorar, sentirte lastimada. Vos sabés, más que cualquiera, que yo no era así. No era de esos tipos que sufrían cuando la otra persona sufría, o sí, pero en lugar de quedarme así, hacía lo imposible por cambiar las cosas. No siempre lo lograba, claro. Tampoco era el Che Guevara. Pero no era como ahora, que elijo el dolor. Pero la única razón por la que lo elijo, si es que se le puede llegar a decir razón, es porque desde acá no puedo hacer nada para ayudarte. Ya no puedo quedar como un tarado para que, de...

no te quejes

No te quejes cuando veas, sin honor y sin cabello, cientos de cuerpos bellos destrozados en las veredas. No te alarmes cuando sientas, de bocas sangrando, de ojos amando, canciones de cuna y de guerra. No hagas nada si te encontrás todo tajeado por el sol, ese sol que antes te besó, sin poder volver atrás. No salgas de tu hogar, cuando quieras calor, cuando busques el horror, ni te saques el delantal. No te sientas vencedor de algo que no quisiste; pegáte con trapos grises todo el hambre alrededor. No salpiques con tus lágrimas cuando veas mal olor, cuando huelas perdición, hasta en las pequeñas ventanas. No escribas lo que duele, cuando nunca te dolió; aunque sepas cómo sos, ella siempre te quiere. Y no lo trates de esquivar, porque esto no se esquiva; no tragues tu saliva, escupila, que ya nadie se puede mojar.

capital del quinto mes

Cuatro pizzas y un mantel, techo blanco, puertas vaivén, calesitas de chapa y miel, como las cosas sin saber. Sin las teclas de ejecutar, con los pelos sin despeinar, un papelito por arrugar, y los vestigios de un calamar. Las piedras domesticadas, eslabones de un ciclo fantasma, sentir las manos acaloradas, gritar sin voz todo lo que falta. La esquinita del alfombrado, sobreviviendo igual que un mago; con los botones desabrochados, y el viento de uno a otro lado. Y si a la luna vas, nos vas a ver a todos, a todos como hormigas, a todos apretados, embarrados, pidiendo más. Catedrales sin rosado, alguien se siente mareado, jardines desarmados, portones desalmados. Un cuadrito con espuma, diez pesos de viruta, sin saber qué es una puta, entiendo que ya no hay rutas. Los canales de satén, los quilombos que les den; capital del quinto mes, siempre surge del desdén. De los críos de la boca, solo quedan los que ...