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creer para ver

Y ahí estaba yo, sumergiéndome en la hermosa textura amarillenta de un libro viejo que me enseñaba los planes de gobierno del siglo veinte, tratando siempre de ver cómo mierda aquello incidía en nuestros días, en hoy, en mañana. Puras mentiras. ¿Quién puede creerle a un tipo que dice que un diputado, hace más de setenta años, presentó un proyecto que seguimos sufriéndolo hasta el día de hoy, diez de noviembre del dos mil cuarenta y dos, a las cinco de la mañana? Para agarrarlo entre los dedos, palparlo y sentirlo real, necesito una máquina del tiempo, necesito verlo por mí mismo, sin el intermediario añejado encerrado entre dos tapas de exquisito cuero marrón. Hay algo de lo que estoy seguro: esa máquina no se construyó no porque haya sido imposible hacerlo, sino porque a los poderosos no les convenía, ni les sigue conviniendo, ni les va a convenir jamás. ¿A qué persona de poder le gustaría volver a pasar por las cosas que tuvo que pasar para llegar a conseguir ese poder? Y no digo ...

cerca de la revolucón

"Es un idiota", era su pensamiento más recurrente. Su cuestionamiento iba más allá del tradicional duelo hijo-padre, o del archiconocido trauma del hijo mayor. Las tierras abarcadas por el poderío monárquico de su progenitor eran los campos más codiciados de todo el continente; las parcelas de cebada se extendían hasta no dar más la vista, pasando por una metamorfosis del verde al amarillo casi dorado con el transcurso de la temporada; los olivos crecían sin mesura, aumentando de tamaño su tronco hasta confundirse con los viejos algarrobos; los enormes y encorvados bisontes tenían gran cantidad de verdes bosques para vivir plácidamente; miles de viviendas servían de nidos para cigüeñas que extendían sus alas blancas con franjas negras durante los días del apareamiento. Y en miles de otros casos, las tierras del Rey Evaristo "El Complaciente" eran motivo de admiración y confabulación enemiga: trigales perfectos y abundantes, melocotoneros hermosos como dioses, jardi...

ponéte al revés

El tipo estaba en frente nuestro. Hablaba rápido, con los brazos que daban vueltas y hacían dibujos que se veían solo escuchando sus palabras. Sentado en una sillita de madera de algún bar, explicaba cosas acerca de nombres de supermercados, o algo así. No le prestaba mucha atención, porque la miraba a Milena, que estaba como hipnotizada, enamorada del tono de voz del tipo subido al escenario del teatro; sus ojitos iban desde la fuente emisora de ese sonido grave y profundo a los brazos movedizos y explicadores; la lengua se hamacaba en el maxilar inferior, que colgaba preso de la involuntariedad promovida por la voz del talentoso.  Algún ruido debí haber hecho, porque de repente sus cejas se estremecieron y sus pupilas se enfocaron en el aire cercano (de chiquito, yo pensaba que las cosas estaban compuestas de millones de puntitos minúsculos y que, si nos esforzábamos mucho, podíamos enfocarlos a cada uno. De esos puntitos, los cercanos, los que estaban suspendidos en la na...

fuimos vos y yo

"Hoy sólo vamos a ser tú y yo", escuché en alguna pantalla de uno de los chicos, acá. Creo que estaba viendo una película, una con Catherine Zeta Jones. La frase me quedó dando vueltas en la cabeza, viste cómo es cuando ya estás muerto, los pensamientos, las frases y las cosas te quedan como ululando por ahí, y no te los olvidás nunca. Es como estar fumado, pero sin que los descubrimientos imponentes y las conexiones científicas alucinantes se te esfumen así de la nada del alcance de tu mente. Pensé, entonces, en usar el pase que me dieron la otra vez, y -valga la redundancia- pasar a visitarte. "Hoy sólo vamos a ser tú y yo", otra vez, ahora golpeándome. Apreté el pase, que es como una tarjetita chiquita que tiene un botón celeste en una punta, y una pantalla, que te dice cuántos viajes te quedan. Yo tengo solo uno, pero no importa, realmente quiero verte cara a cara. Aparecí ahí, al lado tuyo, y ahora te veo caminar de un lado a otro de la casa, acomodando la...

jugando bien o jugando mal

"La tarea es imposible: hay cosas que no se pueden narrar", dice Mario Levrero en La novela luminosa.  Mi cabeza, entonces, me lleva a viajar por distintas palabras que serían difíciles de narrar, de explicar. Pasan "amor", "impotencia", "tristeza", "dolor", "placer", pero son todas medio parecidas. Quiero encontrar una que las contenga a todas, que sea realmente una cosa gigante, legendaria, eterna, y pequeña y mundana a la vez. Yo diría, sin embargo, que hay cosas que son casi  imposibles de narrar. Uno no podría empezar jamás algo con esa frase de Levrero; más bien, sería un final perfecto. Por eso mismo, agrego impunemente ese "casi" tímido. Es que, si bien hay cosas que no se pueden narrar, se puede tratar de rodearlas. Como una leona que merodea a la gacela inocente y, después de darle vueltas y vueltas, la ataca. Y así, quizás, llegamos a acercarnos a aquello que queremos narrar. También está la táctica inv...