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Estambul, el imperio alfombrado

El avión saca su tren de aterrizaje, sigue descendiendo y se escucha –y se siente– cómo sus ruedas se aferran al suelo: nada fuera de lo común. Un nuevo aeropuerto, aunque jamás se encontrarán diferencias sustanciales entre ningún aeropuerto del mundo. El Aeropuerto Internacional Atatürk tampoco escapa a esta norma, pero el lugar está atestado de personas que intentan encontrar la cola que les corresponde para pedir entrar a Turquía. A pesar de ser gigante, parece chico. El aeropuerto está aproximadamente a treinta kilómetros de distancia de Estambul. Lo novedoso de este aeropuerto se encuentra, sin embargo, al cruzar sus puertas hacia afuera. El camino hasta la ciudad da una muestra de lo que les espera a los recién llegados: miles de flores dibujan formas que van desde un arcoíris hasta un derviche dando vueltas y vueltas con un vaso en una mano y un narguile en la otra, durante todo el trayecto. Entre todos esos colores y flores, se destacan los tulipanes, con sus copones enor...

soy patriarcado

Perdón, mujeres. Perdón por matarlas todos los días. No es fácil entender lo que sucede cuando no le sucede a uno, pero tampoco es fácil encontrar las maneras correctas de aprender a entenderlo. Perdón por ser parte del género que les provoca todas estas cosas. En primer lugar, la muerte; lo más definitivo que se le puede hacer a cualquier persona, lo más eterno y permanente, lo más cruel y deshumanizante, lo que más nos convierte en monstruos. No pasó una semana del Encuentro Nacional de Mujeres y ya hay dos muertas más (dos que se conocieron, vaya uno a saber si matamos más). ¿No nos aguantamos tantas mujeres juntas?, ¿tantas histéricas y alteradas en tetas reclamando que las dejen de matar? Lucía y Beatriz son dos más que desafían de frente al famoso #NiUnaMenos; lo interpelan, lo observan. Lo esperaron. Lamentablemente, no hay una menos: hay muchísimas menos. En segundo lugar, el miedo. El miedo a irse solas de vacaciones, el miedo a salir a bailar o a tomar algo por ahí...

gris y cuarenta y dos

Tal vez en algún momento alguien llegue a investigar lo que pasó realmente esa noche. No había luna llena, no había mil estrellas, no había niebla terrorífica. O quizás, sí. No creo que nadie lo recuerde. Solo había tres paños fijos a cada lado. Tres enormes vidrios a la izquierda, tres enormes vidrios a la derecha. Todos ellos tenían un polarizado distinto, evidencias de previos incidentes. Algunos eran más oscuros y marrones, otros claritos y azulados. En los del medio (a izquierda y derecha), se recortaba una pequeña ventanita rectangular. Una calcomanía verde dejaba leer “salida de emergencia”, todo en mayúsculas. Al lado de las letras blancas, un muñequito corriendo hacia la izquierda, hacia las palabras. Ella y yo íbamos casi al final, asientos cuarenta y uno y cuarenta y dos. Los números son solo detalles, podrían haber sido dos y tres, diecisiete y dieciocho. Pero son los detalles, esas cosas insignificantes, esos cuarenta y uno y cuarenta y dos (con los dibujitos ...

cascabel

Hay veces que uno quiere escribir, pero no sabe qué. No sabe, en realidad, que lo que necesita es gritar, gritar con toda su fuerza. Hasta que la garganta arda como si comiera lija. También hay veces que uno quiere gritar, pero no sabe qué. No sabe, en realidad, que lo que necesita es salir, mojarse, respirar, andar; no sabe, en realidad, que las angustias no vienen de un solo lado.  Las angustias, los gritos y la escritura. Tres cosas que, a veces, no se pueden ni diferenciar. La angustia quizás venga por un trabajo que salió mal, pero también por esa que te dejó. El trabajo que te dejó, la mina que salió mal. La angustia es, entonces, la que te agarra después de lo malo, después de la mierda. La que se te caga de risa con mil amigos y felicidades mientras te retorcés como un boludo en tu cama, deseando que sea tu amiga y estar cagándote de risa con ella de vos mismo. Pero hay una angustia que es todavía peor. Y es una angustia que no viene después de la mierda. Es...

los que suben por el medio

Me gusta pensar que hay pequeñas cosas que pasan de tal forma y en determinado momento para que solo nosotros podamos verlas. Cosas como una hoja haciendo equilibrio en una moldura de un edificio, un nene saludando a toda la gente de un tren, o un perro tratando de alcanzar una paloma en el Congreso. Cosas que nos hacen pensar en otras cosas más, o nos sacan una sonrisa, por más que quedemos como unos pelotudos sonriéndole a la nada. Viajar en colectivo durante más de cuarenta minutos significa que podés leer unas cuantas páginas del libro que venís leyendo, o escuchar de diez a quince canciones. Cuando tenés el libro, no te queda más para hacer que concentrarte en eso. Pero si solo te acompañan tus auriculares, hay más caminos: vas cantando sin que te importen las miradas de los demás, vas escuchando la música colgado en cualquier delirio que se te cruce, o vas boludeando con el celular. Yo estaba pensando en todo esto, lamentándome por no haber traído mi libro, cuando sien...