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revolución mosca

Esto que escribo es una especie de catarsis. No sé si alguien lo va a leer en algún momento, o si más tarde yo mismo voy a necesitar recordar. No me interesa la escritura, jamás me importó demasiado. Leí mucho, sí, pero nunca pensé en dar ese paso y pretender llegar al otro lado, a ser el que guía a los que te leen. Creo que mi amigo acaba de morir. Es raro escribirlo, no puedo creer que sea cierto. Es la quinta lágrima que tengo que limpiar de la hoja, perdón si la tinta se corre un poco. Mi amigo acaba de morir. Me duele la mandíbula, tengo mucha bronca y no puedo hacer nada, y sigo apretando los dientes. Es de noche, estoy en el centro de la ciudad, en mi refugio. Hace cuatro años que estamos en guerra. No sé quiénes van ganando, si ellos o nosotros, pero no soy parte del “nosotros”. Todo se desvió muchísimo, nos engañaron sin piedad. Todavía hay muchos que creen en lo que se defiende, en lo que nos dicen que se defiende, pero cada vez menos. Por eso mismo todo se pu...

naturalezas

Abre los párpados. Una gota está a punto de caerle sobre la cara. Se refriega los ojos; tiene toda la cabeza mojada. Vuelve a frotarse, intentando que su vista se acostumbre a tanta luz. De a poco descubre el cielo, la  calle, los autos. Ve la gente pasando a su lado, mirando cómo se despierta. Se sienta sobre la cama de cartón. Y se queda ahí, mirando. Esta mañana está particularmente enojado, o triste. O desanimado. Hasta cuándo, piensa. Hasta cuándo aguantamos. Agarra el sánguche que la noche anterior había decidido dividir en dos para no morirse de hambre al día siguiente, y se lo come. El tomate tiene gusto a podrido, y la lechuga está tan achicharrada que ya no parece lechuga. Es un pedacito verde oscuro de papel crepe. Qué hacen con nosotros, piensa mientras se hurga los dientes con el dedo meñique. Se levanta y entra al restorán del otro lado de la calle. Saluda al viejo que atiende detrás de la barra. Siempre lo mira con lástima y ganas de que ...

Estambul, el imperio alfombrado

El avión saca su tren de aterrizaje, sigue descendiendo y se escucha –y se siente– cómo sus ruedas se aferran al suelo: nada fuera de lo común. Un nuevo aeropuerto, aunque jamás se encontrarán diferencias sustanciales entre ningún aeropuerto del mundo. El Aeropuerto Internacional Atatürk tampoco escapa a esta norma, pero el lugar está atestado de personas que intentan encontrar la cola que les corresponde para pedir entrar a Turquía. A pesar de ser gigante, parece chico. El aeropuerto está aproximadamente a treinta kilómetros de distancia de Estambul. Lo novedoso de este aeropuerto se encuentra, sin embargo, al cruzar sus puertas hacia afuera. El camino hasta la ciudad da una muestra de lo que les espera a los recién llegados: miles de flores dibujan formas que van desde un arcoíris hasta un derviche dando vueltas y vueltas con un vaso en una mano y un narguile en la otra, durante todo el trayecto. Entre todos esos colores y flores, se destacan los tulipanes, con sus copones enor...

soy patriarcado

Perdón, mujeres. Perdón por matarlas todos los días. No es fácil entender lo que sucede cuando no le sucede a uno, pero tampoco es fácil encontrar las maneras correctas de aprender a entenderlo. Perdón por ser parte del género que les provoca todas estas cosas. En primer lugar, la muerte; lo más definitivo que se le puede hacer a cualquier persona, lo más eterno y permanente, lo más cruel y deshumanizante, lo que más nos convierte en monstruos. No pasó una semana del Encuentro Nacional de Mujeres y ya hay dos muertas más (dos que se conocieron, vaya uno a saber si matamos más). ¿No nos aguantamos tantas mujeres juntas?, ¿tantas histéricas y alteradas en tetas reclamando que las dejen de matar? Lucía y Beatriz son dos más que desafían de frente al famoso #NiUnaMenos; lo interpelan, lo observan. Lo esperaron. Lamentablemente, no hay una menos: hay muchísimas menos. En segundo lugar, el miedo. El miedo a irse solas de vacaciones, el miedo a salir a bailar o a tomar algo por ahí...

gris y cuarenta y dos

Tal vez en algún momento alguien llegue a investigar lo que pasó realmente esa noche. No había luna llena, no había mil estrellas, no había niebla terrorífica. O quizás, sí. No creo que nadie lo recuerde. Solo había tres paños fijos a cada lado. Tres enormes vidrios a la izquierda, tres enormes vidrios a la derecha. Todos ellos tenían un polarizado distinto, evidencias de previos incidentes. Algunos eran más oscuros y marrones, otros claritos y azulados. En los del medio (a izquierda y derecha), se recortaba una pequeña ventanita rectangular. Una calcomanía verde dejaba leer “salida de emergencia”, todo en mayúsculas. Al lado de las letras blancas, un muñequito corriendo hacia la izquierda, hacia las palabras. Ella y yo íbamos casi al final, asientos cuarenta y uno y cuarenta y dos. Los números son solo detalles, podrían haber sido dos y tres, diecisiete y dieciocho. Pero son los detalles, esas cosas insignificantes, esos cuarenta y uno y cuarenta y dos (con los dibujitos ...