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bollitos de papel

Un papelito va girando por la vereda, empujado por el viento. Como un nene que juega, el papelito salta de un lado al otro, dando vueltas, hasta que choca con el zapato, gigante como un colectivo. El zapato es negro, está un poco sucio, pero es un lindo zapato. El dueño del zapato está quieto, mirando el cuaderno que tiene en una mano. Con la lapicera que tiene en la otra mano, tacha lo que había escrito. Arriba de lo que tachó hay otros cadáveres también tapados por líneas alborotadas. Uno no debería tachar lo que escribe y no le gusta, piensa. Tendría que dejarlo, que quede ahí, algún día lo voy a ver y sentir el paso del tiempo, el avance de mi vida. De dónde saldrán esas cosas que escribo, esas cosas tan insulsas. El hombre vuelve a escribir. La mitad de las manos del mundo se mean encima cuando t- Tacha con más fuerza que antes. Sigue rayando la hoja. Se lo ve enojado. Arranca la hoja y la arruga. Aprieta la mano con la hoja dentro. Se imagina a la hoja de...

deshojación

Una hoja apenas marrón cae de un árbol. Da vueltas, parece ir a la izquierda, pero cambia y gira a la derecha. Cae a más de un metro de su madre. Se queda ahí, tirada, la hoja aventurera. Mira a su madre, la mira y espera. ¿Qué espera? ¿Que la busque, que la levante? Si ella sola fue quien se mandó a volar. ¿O fue su madre quien, cansada de soportar sus prepotencias y aires de madurez, decidió soltarle la rama? Sea como fuera, la cosa es así: árbol y hoja se extrañan, se aman y se miran. Árbol y hoja son distintas, pero iguales también. Madre árbol tiene muchas hojas más para amar y querer, pero siempre recordará aquella hoja que la mira. La hoja apenas marrón solo tiene a su madre, y ya no la tiene más; mirarla desde abajo es lo único que puede hacer, y es lo único que hace. Y, para mal de males, cada vez es más marrón.

revolución mosca

Esto que escribo es una especie de catarsis. No sé si alguien lo va a leer en algún momento, o si más tarde yo mismo voy a necesitar recordar. No me interesa la escritura, jamás me importó demasiado. Leí mucho, sí, pero nunca pensé en dar ese paso y pretender llegar al otro lado, a ser el que guía a los que te leen. Creo que mi amigo acaba de morir. Es raro escribirlo, no puedo creer que sea cierto. Es la quinta lágrima que tengo que limpiar de la hoja, perdón si la tinta se corre un poco. Mi amigo acaba de morir. Me duele la mandíbula, tengo mucha bronca y no puedo hacer nada, y sigo apretando los dientes. Es de noche, estoy en el centro de la ciudad, en mi refugio. Hace cuatro años que estamos en guerra. No sé quiénes van ganando, si ellos o nosotros, pero no soy parte del “nosotros”. Todo se desvió muchísimo, nos engañaron sin piedad. Todavía hay muchos que creen en lo que se defiende, en lo que nos dicen que se defiende, pero cada vez menos. Por eso mismo todo se pu...

naturalezas

Abre los párpados. Una gota está a punto de caerle sobre la cara. Se refriega los ojos; tiene toda la cabeza mojada. Vuelve a frotarse, intentando que su vista se acostumbre a tanta luz. De a poco descubre el cielo, la  calle, los autos. Ve la gente pasando a su lado, mirando cómo se despierta. Se sienta sobre la cama de cartón. Y se queda ahí, mirando. Esta mañana está particularmente enojado, o triste. O desanimado. Hasta cuándo, piensa. Hasta cuándo aguantamos. Agarra el sánguche que la noche anterior había decidido dividir en dos para no morirse de hambre al día siguiente, y se lo come. El tomate tiene gusto a podrido, y la lechuga está tan achicharrada que ya no parece lechuga. Es un pedacito verde oscuro de papel crepe. Qué hacen con nosotros, piensa mientras se hurga los dientes con el dedo meñique. Se levanta y entra al restorán del otro lado de la calle. Saluda al viejo que atiende detrás de la barra. Siempre lo mira con lástima y ganas de que ...

Estambul, el imperio alfombrado

El avión saca su tren de aterrizaje, sigue descendiendo y se escucha –y se siente– cómo sus ruedas se aferran al suelo: nada fuera de lo común. Un nuevo aeropuerto, aunque jamás se encontrarán diferencias sustanciales entre ningún aeropuerto del mundo. El Aeropuerto Internacional Atatürk tampoco escapa a esta norma, pero el lugar está atestado de personas que intentan encontrar la cola que les corresponde para pedir entrar a Turquía. A pesar de ser gigante, parece chico. El aeropuerto está aproximadamente a treinta kilómetros de distancia de Estambul. Lo novedoso de este aeropuerto se encuentra, sin embargo, al cruzar sus puertas hacia afuera. El camino hasta la ciudad da una muestra de lo que les espera a los recién llegados: miles de flores dibujan formas que van desde un arcoíris hasta un derviche dando vueltas y vueltas con un vaso en una mano y un narguile en la otra, durante todo el trayecto. Entre todos esos colores y flores, se destacan los tulipanes, con sus copones enor...